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LEYENDA MAYA - EL CONEJO DE LA LUNA


Se encontraba Quetzalcóatl convertido en hombre y haciendo una travesía enorme para llegar hasta un lugar que quedaba realmente lejos, ahora estaba en una montaña sin nada para comer o tomar y por el frío había prendido una fogata, también estaba mirando el cielo con su hermosa luna y las estrellas que la acompañaban. El camino era largo si quería llegar cuanto antes hacia la selva, tenía que pasar por un sitio en donde podía quedarse a descansar sobre una roca, por lo menos por un momento hasta continuar con el rumbo.

Un conejito distraído pasó por donde Quetzalcóatl se encontraba descansando y le ofreció un poco de la zanahoria que estaba comiendo, el Dios le dijo que él se iba a morir de hambre en cualquier momento, que no se preocupe por su cuerpo humano, entonces el conejito se ofreció en sacrificio para que se lo coma y pueda entonces continuar con su camino.

Quetzalcóatl apreció enormemente la valentía que un conejo tan pequeño podía tener, por ello es que lo alzó bien alto y grabó su viva imagen en la luna llena que desde ese entonces recuerda cada noche la bondad de este conejito y su buena acción para poder ayudar a alguien más, aunque eso significara la muerte de su propio ser. La promesa que le hizo el dios al conejo luego de su sacrificio fue que todas las personas que miren la luna pensarán en aquel dulce animal que dio su vida para poder salvar a Quetzalcóatl.

Fin. 

LEYENDA - EL OTOÑO


Cuenta la leyenda que las estaciones del año aún no tenían nombre ni espacio en el calendario, pues todas querían ocupar la tierra al mismo tiempo y no se ponían de acuerdo. Fue por eso que un día decidieron reunirse y solucionar el problema.

Cada una era única y diferente a su modo. Algunas preferían el frío y otras el calor, pero había otras a las que les gustaba un poco de cada uno. Una de ellas se decantaba por el sol y sus rayos, a otra también le agradaba pero de a ratos. Por su parte, otra prefería el frío permanentemente y otra casi igual, pero con ratos de calor. Fue por ello que decidieron repartirse cada una una época del año hasta definir las cuatro estaciones que conocemos.

Una de ellas, la más tierna de todas, escogió los meses de marzo a junio para deleitar a todos con sus brisas frescas y llenas de calor leve, y se llamó primavera. La más rebelde, que fue nombrada verano, prefirió de junio a septiembre para acobijar a todos con un agradable calor.

A su vez, la que llamaron otoño, que era la más curiosa y alocada de todas, prefirió seguir en los meses de septiembre a diciembre, para repartir pequeños ratos de calor, seguidos de muchas brisas enriquecedoras. Además, trajo consigo alimentos característicos, como las setas y las mandarinas, que podían perdurar en las demás estaciones. Finalmente, la más tímida, bautizada como invierno, escogió los meses de diciembre a marzo para llenar el ambiente de un frío exquisito.

Todas estaban muy contentas con sus elecciones y fue así como cada una encontró su espacio en el calendario y fue capaz de brindar lo mejor de su temperatura tanto a los niños, como a los mayores, y de igual modo a los animales y plantas de todo el planeta.

FIN

LEYENDA EL PESCADOR Y LA DIOSA

Vivía en la isla griega de Lesbos, un muchacho llamado Faón, que se ganaba la vida transportando viajeros y mercancías en su barca.
Estaba un día Faón junto al embarcadero de la isla, cansado de las faenas de la jornada, cuando una pobre mendiga, desastrada y con evidentes muestras de no poder pagarle el viaje, le pidió que la condujese hacia Asia Menor.
– Sube, mujer. Te llevaré de buen grado.
A Faón le había conmovido su aspecto y, olvidándose de su cansancio, hizo navegar su barca con una ligereza asombrosa. De este modo, poco después llegaban a la costa de Asia.  Una vez allí Faón sacó de su bolsillo la mayor moneda que tenía y la entregó a la mendiga para que pudiera continuar el viaje.
– Gracias, muchacho. Y para que veas mi agradecimiento, toma este obsequio.
Se trataba de un vaso del perfume más extraordinario que jamás había llegado a oler. Y con aquel perfume misterioso en las manos, Faón quedó conmovido y atrapado por una fuerza que parecía embriagarle el corazón. Y tras esto, el humilde pescador comprendió que había llevado en su barca a la mismísima Venus, la diosa del amor.

LEYENDA ATALANTA E HIPOMENES

Hubo una vez en Esciros, isla del mar Egeo, un rey llamado Esqueneo cuya hija, Atalanta, había sido educada en un ambiente muy permisivo y colmado de mil y un caprichos. A la joven Atalanta le gustaban las actividades de todo tipo, y entre ellas se encontraba la actividad de la caza. Se pasaba los días enteros con su carcaj de flechas sobre su espalda buscando animales a los que atrapar. Tal era su afición y maestría que ni siquiera los centauros del lugar conseguían alcanzarla en su habilidad.
Sin embargo, aquella dura afición le pasó factura endureciendo su corazón. Un corazón que no se reblandecía con nadie, ni siquiera con la mirada amable de sus muchos pretendientes, entre los cuales se encontraba el valeroso Hipómenes.  El joven, acudió cansado al Olimpo para contar a los dioses su desventura amorosa e infructuosa con la joven Atalanta, y Venus, compadecida, decidió entregarle tres manzanas de oro del Jardín de las Hespérides recomendándole que participara con inteligencia en una próxima carrera en la que participaría también la joven.
El día de la famosa carrera, cuando dieron la señal de salida para comenzar, la joven Atalanta partió a la velocidad del rayo dejando a todos los pretendientes que habían acudido atrás. Entonces, Hipómenes dejó caer sus tres manzanas sobre el terreno bien distanciadas, y tal era el afán cazador de Atalanta, que se volvió parando la carrera sólo para recogerlas. De este modo, y haciendo un gran esfuerzo, Hipómenes llegó el primero a la meta, obteniendo así la atención y, más tarde el amor, de la joven Atalanta, que quedó prendada ante tal esfuerzo.

LEYENDA LA SEMILLA DEL HELECHO

Dice la leyenda, que la llamada semilla del helecho tiene la maravillosa propiedad de volver invisibles a las personas. Esta semilla parece difícil de encontrar,  debido a que su periodo de maduración tiene lugar durante la noche del solsticio de verano y tan sólo durante una hora, entre las doce y la una de la madrugada. Después, la semilla del helecho cae y desaparece.
En una ocasión, a un hombre le aconteció un suceso muy extraño relacionado con esta semilla. Entre las doce y la una de la madrugada de aquel día, el hombre empleaba su tiempo en buscar a un potrillo que se le había perdido cuando, de pronto atravesó por casualidad una pradera en la cual maduraba la semilla del helecho.
A la mañana siguiente el hombre volvió a su casa, cansado por la búsqueda, y se sentó en su sillón mullido favorito de la casa. Al observar que su mujer no terminaba de reparar en él, exclamó:
 No he encontrado al potrillo, lo siento mucho.
Tras estas palabras, su mujer, y todos los demás que se hallaban en la habitación, se asustaron terriblemente. Creían haber oído la voz del hombre, y sin embargo, no conseguían verle. Su mujer le llamó entonces por su nombre creyendo que jugaba a esconderse y gastarles una buena broma.
 ¿Se puede saber por qué me llamas así? ¿No ves que estoy aquí al lado?
Tras estas nuevas palabras el susto fue todavía mayor, ya que todos le oyeron de nuevo hablar, e incluso escucharon el sonido de sus pasos, pero continuaban sin poder verle.
Fue entonces cuando el hombre al fin comprendió que todo aquello podía estar relacionado con su paso por la pradera, ya que en el fondo de su calzado se habían metido unas semillas de helecho, las semillas efímeras. Se quitó rápidamente los zapatos y sacudió las semillas de helecho que le habían entrado y que hasta entonces había confundido con arena en los pies. Y, en ese mismo instante, el hombre se hizo visible a los ojos de todos.

LEYENDA EL ZAPATERO FELIZ

Todavía perdura el recuerdo, en una ciudad de Europa, de un alegre zapatero. Era, probablemente, una de las personas más felices de la tierra a pesar de su gran humildad.
Un día el zapatero fue visitado por uno de sus vecinos, un banquero muy rico, que al observar la gran alegría del zapatero entre tanta miseria, no pudo dejar de preguntar:
  • Señor zapatero, si no es molestia, ¿podría decirme cuánto gana usted con su humilde trabajo?
  • Es tan poco dinero, señor, que hasta vergüenza me da decirlo, no se lo tome a mal. Pero dicho dinero me da cada día el pan de mis hijos, y a mí me basta con terminar decentemente el año, aunque tengamos que privarnos, lamentablemente, de muchas cosas. – Respondió el zapatero orgulloso.
Aquella excelente y positiva actitud dejó muy sorprendido al banquero  que, poco después, dijo muy conmovido:
  • Señor zapatero, tome usted estas monedas de oro que le ofrezco desinteresadamente, y guárdelas con esmero para cuando las necesite de verdad.
A partir de entonces la actitud del zapatero cambió, con motivo de sentirse poseedor de una de las mayores riquezas del mundo. Aquella riqueza exigía mucho del zapatero, ya que al haber escondido bajo el suelo de su casa las monedas de oro, era incapaz de descansar y vivir con normalidad. El zapatero había enterrado sin saberlo al mismo tiempo el dinero y su alegría y buen humor, siendo desde entonces huéspedes de su casa, el miedo, la desconfianza, el insomnio y la inquietud. El menor ruido durante la noche, le hacía llenarse de temor ante un posible robo y sus consecuencias.
Hasta que un día, cansado el zapatero de su nueva vida, fue a visitar a su vecino banquero:
  • Oiga, amable señor; quiero devolverle todo su dinero, pues mi mayor deseo es vivir como lo hacía antes.
Y, de esta sencilla forma, el zapatero recuperó su alegría.

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